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“El  amor  de  Dios  está  derramado  en  nuestros  corazones  por  el
        Espíritu Santo que nos es dado”. Romanos 5:5.
          “Muchos  se  engañan  a  sí  mismos;  porque  el  principio  del  amor  no
        mora en el corazón”. HHD, 51.
          “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad,
        vengo  a  ser  como  metal  que  resuena,  ó  címbalo  que  retiñe.  Y  si
        tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia; y
        si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no
        tengo caridad, nada soy. Y si repartiese toda mi hacienda para dar
        de comer a pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y
        no tengo caridad, de nada me sirve”. 1 Corintios 13:1-3.
          Yo crecí en un hogar supuestamente cristiano. Yo era la segunda de
        once hijos. Mi padre era muy firme en la educación de sus hijos para ser
        obedientes  a  los  padres  y  a  Dios.  Pero  no  podía  controlarse  a  sí
        mismo.  Si  alguno  fallaba  en  cooperar  fácilmente  se  impacientaba  y  a
        menudo se  enojaba.  Y entonces tenía que encontrar una  excusa para
        sus  fracasos  de  manera  que  culpaba  a  sus  hijos  o  a  su  esposa  o
        quienquiera  que  lo  hubiera  provocado.  ¡El  amor  de  Dios  no  lo
        controlaba!
          Mi  padre  habría  defendido  las  verdades  en  que  creía  al  punto  de
        llegar a ser un mártir si fuese necesario, ¡pero de nada le habría servido!
        Y uno puede llegar a dar diez estudios bíblicos al día y luego ir a casa a
        pelear  con  la  familia  y  todavía  considerarse  un  obrero  de  Dios.  ¡Cuán
        triste!
          “Podemos ser activos, podemos hacer mucha obra; pero sin amor, un
        amor tal como el que moraba en el corazón de Cristo, nunca podremos
        ser contados en la familia del cielo”. PVGM, 123.
          Me  gustaba  obedecer  de  manera  que  logré  sobrellevarme  bien  con
        mis  padres  mientras  crecía,  pensando  sinceramente  que  estaba  en  el
        camino hacia el cielo. Gozosamente les ayudé con todos los hijos y el
        trabajo de la granja. Pero después de casarme y tuve mis propios hijos
        no lo encontraba tan fácil. Mi esposo y yo no siempre veíamos las cosas
        de igual manera en cuanto a la educación de nuestros hijos y a menudo
        discutíamos al respecto, cada uno insistiendo en su punto de vista. Yo
        creía que sabía más acerca de la crianza de hijos ya que yo había sido
        la  que  siempre  velaba  por  mis  hermanos  y  hermanas  menores.  Mi
        esposo  no  tenía  experiencia  alguna  con  hijos  y  cuando  era  egoísta  o
        rudo con los niños, yo lo resentía. Cuando los niños eran desobedientes
        y nosotros nos impacientaba o nos irritábamos, ¡también creíamos que
        podíamos culpar a los niños! Y al compartir con otros; ellos reconocen
        haberlo  hecho  también.  ¡Cuán  triste!  Los  niños  cargan  con  su  propia
        culpabilidad  cuando  fallan  y  también  la  culpa  de  los  padres.  Pero
        seguíamos  tratando  de  ser  buenos  padres,  sin  darnos  cuenta  que
        estábamos dependiendo solo de nuestro amor humano.
          En 1970 regresamos a casa de nuestra comisión misionera en la India
        y  fui  a  visitar  a  mis  padres.  Durante  mi  estadía  allí,  varios  de  mis

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