Page 55 - What-Shall-I-Do-Spanish
P. 55

Cuando  yo  comprendí  por  primera  vez  lo  que  significaba  ser  un
        cristiano, le entregué todo mi corazón a Dios, con todos mis pecados del
        corazón.  Le  dije  al  Señor:  “Renuncio  a  mi  derecho  a  impacientar  o
        irritarme con mis hijos. De manera especial renuncio a mi derecho a
        resentirle a mi esposo, no importa lo que él haga. Es posible que él
        no haga algunas cosas de acuerdo a mi manera de pensar, pero yo no
        tengo  derecho  a  resentirlo.  ¿Por  qué  debo  someterme  al  espíritu  de
        Satanás para corregir a otros? Quiero someterme a su Espíritu Santo y
        permitirle a Dios obrar en mí su amor por mis hijos y esposo, y orar por
        ellos en vez de permitirle a Satanás usarme para introducir su espíritu
        en nuestro hogar”.
          Cuando  me  entregué  completamente  a  Dios,  yo  creía  que  él  me
        quitaría mi resentimiento, y darme una actitud de comprensión hacia mí
        esposo e hijos. ¡Y sí lo hizo! Yo también creía que él me podía sostener
        para no caer en nuevas tentaciones como lo había prometido.
          Al  día  siguiente  al  realizar  mis  actividades,  no  me  acuerdo  de
        tentación  alguna  que  me  asaltara  hasta  las  horas  de  la  noche.
        Estábamos  en  el  culto  familiar  y  yo  leía  de  un  libro  sobre  la  oración.
        Repentinamente mi esposo, quien era un editor, corrigió un problema de
        estructura  gramatical  en  el  libro.  No  hay  nada  de  malo  en  hacer  eso,
        pero no me agradaba que lo hiciera cuando tendíamos culto, porque nos
        distraía.  Así  que  yo  solía  reprobarlo  en  un  espíritu  rencoroso  y  se
        echaba a perder el culto. ¡Pero yo lo culpaba a él por echar a perder el
        culto!
          En  esta  noche  particular,  al  corregir  él  un  problema  de  estructura
        gramatical,  yo  inmediatamente  reaccione.  Inmediatamente    el  Espíritu
        Santo  enérgicamente  me  convenció  que  yo  había  pecado,  y  de
        inmediato exclamé: “¡He pecado!” La familia estaba sorprendida de mi
        confesión.  Posteriormente, cuando compartí  la  historia con alguien, mí
        hijo,  quien  estaba  presente,  comentó:  “¡Oh  madre,  cuán  bien  me
        acuerdo de esa noche!” “¡Fue la primera vez que te escuché asumir la
        culpa!”
          Como podrán ver, yo había aprendido de mí padre a culpar siempre a
        otros cuando yo me disgustaba con ellos, aún cuando era mí espíritu lo
        que estaba mal. Resulta tan fácil culpar a otros cuando nos permitimos
        irritarnos  por  algo  que  dicen  o  hacen.  ¡Pero  no  hay  excusa  para  el
        pecado!
          Esa noche de nuevo le pedí a Dios que me perdonara y limpiara, y me
        restaurara  a  sí  mismo.  Luego  le  rogué  que  me  mostrara  la  vía  de
        escape de manera que no volviera a reaccionar equivocadamente. Yo
        creía  que  él  me  enseñaría  cómo  no  volver  a  caer,  porque  él  había
        prometido que era capaz de hacer eso.
          Al día siguiente renové mis actividades de nuevo y no me acuerdo de
        alguna  tentación  hasta  el  anochecer.  Al  tener  nuestro  culto  familiar  yo
        leía  del  mismo  libro.  De  nuevo  mi  esposo  corrigió  una  estructura
        gramatical. Inmediatamente me sentí impulsada a reaccionar.

                                       55
   50   51   52   53   54   55   56   57   58   59   60