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“Denunció intrépidamente la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad,
pero había lágrimas en su voz al pronunciar sus severas reprensiones”.
DTG, 319.
“El siguiente texto se refiere a la justa indignación contra el
pecado, que surge del celo por la gloria de Dios, y no al enojo
promovido por la ambición del amor propio herido: 'Airaos, y no
pequéis'”. TM, 98.
“Cuando vemos que Dios es deshonrado y su servicio puesto en
oprobio, cuando vemos al inocente oprimido, una justa indignación
conmueve el alma. Un enojo tal, nacido de una moral sensible, no es
pecado. Pero los que por cualquier supuesta provocación se sienten
libres para ceder a la ira o al resentimiento, están abriendo el corazón a
Satanás. La amargura y animosidad deben ser desterradas del alma si
queremos estar en armonía con el cielo”. DTG, 277.
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír,
tardío para hablar, tardío para airarse: Porque la ira del hombre no obra
la justicia de Dios”. Santiago 1:19-20.
“El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el
madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos
a la justicia”. 1 Pedro 2:24.
Por Medio de la Fe Podemos
Obedecer la Santa Ley de Dios
“Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios
para salud a todo aquel que cree;… como está escrito: Mas el justo
vivirá por la fe”. Romanos 1:16-17.
“Satanás había aseverado que era imposible para el hombre
obedecer los mandamientos de Dios; y es cierto que con nuestra
propia fuerza no podemos obedecerlos. Pero Cristo vino en forma
humana, y por su perfecta obediencia probó que la humanidad y la
divinidad combinadas pueden obedecer cada uno de los preceptos
de Dios.
"'A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de
Dios, a los que creen en su nombre'. John 1:12. Este poder no se halla
en el agente humano. Es el poder de Dios. Cuando un alma recibe a
Cristo, recibe poder para vivir la vida de Cristo”. PVGM, 255.
“La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la
misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de
nuestros primeros padres: la perfecta obediencia a la ley de Dios, la
perfecta justicia. Si la vida eterna se concediera con alguna condición
inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo. Se le abriría la
puerta al pecado con todo su séquito de dolor y miseria para siempre.
“Era posible para Adán, antes de la caída, conservar un carácter justo
por la obediencia a la ley de Dios. Más no lo hizo, y por causa de su
caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos
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