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procurando una imposibilidad. Todo lo que el hombre puede hacer sin
Cristo está contaminado de amor propio y pecado. Solamente la
gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos.
“El error opuesto y no menos peligroso es que la fe en Cristo exime a
los hombres de guardar la ley de Dios; que puesto que solamente por la
fe somos hechos participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no
tienen nada que ver con nuestra redención.
“Pero nótese aquí que la obediencia no es un mero cumplimiento
externo, sino un servicio de amor…. Si nuestros corazones son
regenerados a la semejanza de Dios, si el amor divino es implantado en
el corazón, ¿no se manifestará la ley de Dios en la vida?... En vez de
que la fe exima al hombre de la obediencia, es la fe, y sólo ella, la
que lo hace participante de la gracia de Cristo y lo capacita para
obedecerlo”. CC, 59-60.
“Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de
Jesucristo,… según el mandamiento del Dios eterno, declarado a todas
las gentes para que obedezcan a la fe”. Romanos 16:25-26.
“La obra del Evangelio no es debilitar las exigencias de la santa ley de
Dios, sino elevar a los hombres hasta el punto donde puedan guardar
sus preceptos.
“La fe en Cristo que salva el alma no es lo que presentan muchos.
'Cree, cree', es su clamor; 'solamente cree en Cristo y serás salvo. Eso
es todo lo que tienes que hacer'. La verdadera fe confía plenamente en
Cristo para la salvación, pero al mismo tiempo inducirá a una perfecta
conformidad con la ley de Dios. La fe se manifiesta mediante las obras”.
6CB, 1072.
“Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos
sus mandamientos. El que dice, Yo le he conocido, y no guarda sus
mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él; Mas el que
guarda su palabra, la caridad de Dios está verdaderamente perfecta en
él: por esto sabemos que estamos en él. El que dice que está en él,
debe andar como él anduvo”. 1 Juan 2:3-6.
“Debemos precavernos contra la pretendida santidad que permite la
transgresión de la ley de Dios”. 2MS, 58.
“Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores,
engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno oye la palabra, y
no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en
un espejo su rostro natural. Porque él se consideró a sí mismo, y se fue,
y luego se olvidó qué tal era. Mas el que hubiere mirado atentamente en
la perfecta ley, que es la de la libertad, y perseverado en ella, no siendo
oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado
en su hecho”. Santiago 1:22-25.
“He aquí una obra que el hombre puede hacer. Debe mirarse en el
espejo, la santa ley de Dios, descubrir los defectos de su carácter moral
y abandonar sus pecados, lavando la vestidura de su carácter en la
sangre del Cordero”. MG, 232.
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