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o  que  manchase  su  pureza  perfecta  por  un  solo  acto  o  aun  por  un
        pensamiento,  el  príncipe  de  las  tinieblas  habría  triunfado  sobre  el
        Garante  del  hombre  y  habría  ganado  para  sí  toda  la  familia  humana.
        Pero si bien Satanás podía afligir, no podía contaminar; podía ocasionar
        angustia, pero no profanar. Hizo de la vida de Cristo una larga escena
        de conflicto y prueba”. PR, 517.
          “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fue llevado
        al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y
        no abrió su boca”. Isaías 53:7.
          “En  sus  horas  finales,  mientras  colgaba  de  la  cruz,  experimentó  en
        toda su plenitud lo que el hombre experimenta cuando lucha contra el
        pecado. Comprendió cuán malo puede llegar a ser un hombre cuando
        se rinde al pecado. Se dio cuenta de las terribles consecuencias de la
        transgresión de la ley de Dios, pues pesaba sobre él la iniquidad de todo
        el mundo”. CB5, 1058.
          “El  cual  mismo  llevó  nuestros  pecados  en  su  cuerpo  sobre  el
        madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos
        a la justicia”. 1 Pedro 2:24.
          “Cuando  el  pecador  está  aún  lejos  de  la  casa  de  su  padre
        desperdiciando su hacienda en un país extranjero, el corazón del Padre
        se  compadece  de  él;  y  cada  deseo  profundo  de  volver  a  Dios,
        despertado en el alma, no es sino la tierna invitación de su Espíritu, que
        insta, ruega y atrae al extraviado al seno amorosísimo de su Padre”. CC,
        54.
          “Con  amor  eterno  te  he  amado;  por  tanto  te  soporté  con
        misericordia”. Jeremías 31:3.
          Muchos hijos no han experimentado el amor de un padre. Han sido
        rechazados y abusados y por lo tanto les resulta difícil creer que Dios
        realmente  los  ama  y  los  quiere  salvar.  Cuando  nuestro  hijo  estaba
        creciendo, yo sentía que él creía que no podía ser salvo. Yo no entendía
        por qué hasta mucho después.
          Cuando ingresó a la escuela parecía incapaz de aprender a leer, de
        manera que los profesores creían que era retardado o perezoso. Yo hice
        lo  mejor  posible  por  enseñarle,  pero  fue  bastante  difícil.  No  sabíamos
        que  sufría  de  algo  que  se  llama  dislexia  hasta  que  leí  acerca  de  ello
        cuando  él  ya  tenía  veintidós  años  de  edad.  Descubrimos  que  él  solo
        podía ver dos letras a la vez, y los veía al revés. Al compartir yo con él
        su problema, él dijo: “Oh mamá, todos me creían retardado o perezoso,
        pero  dentro  de  mí  yo  sabía  que  no  era  cierto,  y  tú  eras  la  única  que
        seguía teniendo fe en mí”.
          Entonces le animé a leer El Deseado de Todas las Gentes, un libro
        sobre  la  vida  de  Cristo.  Cuando  lo  terminó  de  leer  exclamó:  “¡No  es
        maravilloso  que  Dios  me  ama!”  Entonces  podía  entregarse  a  Dios
        porque él finalmente comprendió que Dios siempre lo había amado y no
        lo rechazaría como había hecho la gente.
          “El  primer  paso  para  acercarse  a  Dios  consiste  en  conocer  y

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