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“Hay una sola forma en que podemos obtener un verdadero
conocimiento del yo. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su
vida y su carácter induce a los hombres a exaltarse en su justicia propia.
Cuando contemplemos su pureza y excelencia, veremos nuestra
propia debilidad, nuestra pobreza y nuestros defectos tales cuales
son. Nos veremos perdidos y sin esperanza, vestidos con la ropa de la
justicia propia, como cualquier otro pecador. Veremos que si alguna vez
nos salvamos, no será por nuestra propia bondad, sino por la gracia
infinita de Dios”. PVGM, 123.
¿Qué puede hacer él cuando nos percatamos de nuestra necesidad?
Él Os Convencerá de Pecado,
de Justicia y de Juicio
“Y cuando él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de
juicio”. Juan 16:8.
Si de alguna manera yo hubiera hecho algo pecaminoso, como robar
o mentir, estaría fuertemente convencida de haber pecado, y sabía que
tenía que confesar y corregir el mal. Esos pecados eran fáciles de ver.
¿Pero qué hay acerca de los pecados del corazón? Cuando mi padre se
enojaba con sus hijos, él culpaba a los niños, y de esa manera podía
excusarse. Y cuando yo tuve mis hijos, yo hice lo mismo. Si me volvía
impaciente e irritada, había que culpar a otra persona, porque habían
hecho algo que me disgustaba o no quería que hicieran.
Cuando mi esposo era egoísta o rudo con los niños, yo le resentía y
discutía con él. En mi mente lo culpaba por mi resentimiento. De manera
que excusaba mis pecados del corazón hasta que empecé a estudiar.
Entonces Dios podía convencerme que yo carecía de justificación, y que
no estaba lista para el juicio, yo no tenía el fruto del Espíritu Santo, el
cual es el carácter de Cristo.
“Mediante la influencia del Espíritu Santo somos convencidos de
pecado y sentimos nuestra necesidad de perdón. Sólo los contritos son
perdonados, pero es la gracia de Dios la que hace que se arrepienta el
corazón. El conoce todas nuestras debilidades y flaquezas y nos
ayudará”. 1MS, 414- 415.
“Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la
luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que
es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados”. Hechos
26:18.
“Dios no envía mensajeros para que adulen al pecador. No da
mensajes de paz para arrullar en una seguridad fatal a los que no están
santificados. Impone pesadas cargas a la conciencia del que hace mal, y
atraviesa el alma con flechas de convicción. Los ángeles ministradores
le presentan los temibles juicios de Dios para ahondar el sentido de su
necesidad, e impulsarle a clamar: '¿Qué debo hacer para ser salvo?'”
DTG, 79.
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