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casa. Su madre le dijo que yo quería que viniera a visitarme. De manera,
que aquí estaba.
Al tratar de hablar esa tarde, yo estaba orando, “Señor, ¿cómo me le
acerco a esta muchacha? ¿Qué le puedo decir? ¡Ignoro cómo hacerlo!
“Señor, tú le debes abrir la puerta de su corazón”.
Precisamente en ese instante alguien tocó a la puerta. Cuando la abrí,
allí parada estaba la esposa de un pastor vecinos nuestros. Estábamos
recién mudados y no nos habíamos relacionado bien todavía. Ella dijo
“Yo presiento que tú y tú esposo están encontrando algo real en el
cristianismo. Yo también lo quiero. ¿Estará dispuesta a compartir
conmigo? ¿Me enseñarás?”
Bueno, fue fácil compartir con ella lo que yo había descubierto acerca
del plan de salvación y el poder del evangelio. Juntas tuvimos un buen
rato de estudio, y ella estaba muy agradecida, y durante todo el rato mi
sobrina había estado en la habitación, escuchando la conversación.
Después de haberse ido la dama visitante, ella dijo: “¡Si hay tanto
poder en el evangelio, hay esperanza para mí!” Yo le pregunté: “¿Por
qué dices eso?” Ella respondió: “¡Tú sabes cuán terca soy yo! Yo
observaba a mis padres. Ellos no tenían victoria. [Su padre era un
maestro de escuela denominacional] He observado a los padres de mis
amistades. Ellos no tenían victoria. Así que decidí, si ellos han estado
tratando durante todos esos años y no pueden encontrar la victoria, yo,
con mi naturaleza terca, más bien me doy por vencida ahora. Más bien
disfruto las cosas de este mundo. Y eso es lo que estoy haciendo. Amo
el pecado y mi consciencia ni siquiera me molesta ya. ¡Pero si lo que tú
dices es cierto, entonces hay esperanza para mi!”
Tuvimos una charla amena y entonces era hora de acostarse. Le
agradecí a Dios por abrir la puerta y esperaba ser capaz de seguir
estudiando con ella y ayudarle a encontrar una conexión viva con Dios.
¡Pero al día siguiente la puerta estaba cerrada! Ella encontró un trabajo
en un restaurante y pocas veces la volvimos a ver.
Un día hablaba por teléfono con una amiga que recientemente había
abandonado a su esposo e hijos menores de edad para irse con otro
hombre. Yo expresaba tristeza y decepción, y rogaba con ella porque
reconsiderara, pero no quiso hacerlo.
Al colgar el teléfono, me percaté que mi sobrina había entrada y había
escuchado mis ruegos. Ella dijo: “¿No me invitaste aquí para tratar de
llevarme a Cristo?” “¿No estas decepcionada?” Me di cuenta que aquí
se presentaba otra oportunidad y rápidamente le oré a Dios para que me
diera las palabras apropiadas para el caso.”No, no estoy decepcionada”,
dije yo. “Dios tiene planes a largo plazo para ti, y yo estoy confiando en
él”. Ella dio un suspiro de alivio. Yo no iba a presionarla para que tomara
una decisión.
Muchos hemos presionado y presionado a nuestros hijos, y quizás
hubiesen tomado la decisión de bautizarse, pero ¿conocían ellos a
Dios? ¿Realmente entregaron el corazón? ¿Realmente experimentaron
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